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Destilados logran capturar el alma del desierto de Atacama

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En uno de los lugares más áridos del planeta, el desierto de Atacama, nace una propuesta que desafía las condiciones extremas para dar vida a destilados únicos. En la comuna de Pica, Región de Tarapacá, se encuentra la fábrica de “Destilados del desierto”, un proyecto que combina tradición, innovación y sostenibilidad para capturar los aromas del norte chileno en cada botella.

Miguel Ángel Quezada, uno de los impulsores del proyecto, lo resume con una frase que se ha vuelto emblema: “Nosotros embotellamos la historia del desierto”. Y no es una metáfora.

Cada licor producido en este oasis lleva consigo siglos de herencia agrícola, desde las primeras plantaciones introducidas por los colonizadores españoles en el siglo XVI, hasta las técnicas actuales de destilación por arrastre de vapor que conservan intacta la esencia de las frutas y plantas locales.

El sabor del limón de Pica

El producto estrella es el “Picay”, un destilado doble que se elabora con limón de Pica. Cada uno de los frutos es cultivado en los propios predios de la fábrica, lo que asegura la calidad de ese insumo.

El nombre rinde homenaje a ese conocido cítrico, el primer producto chileno con Indicación Geográfica, y se extiende a versiones con guayaba y naranja.

Es elaborado en alambiques de cobre, como se hacía antes de la tecnificación del proceso. Así, el Picay posee 40 grados de alcohol y una nitidez que ha sido reconocida en el concurso internacional Catad’Or World Spirits Awards, donde obtuvo 88 puntos por su intensidad y autenticidad.

Lo interesante es que Picay nació como una forma de dar valor a los limones de descarte, aquellos que no cumplían con los estándares de exportación. Gracias a la investigación de la ingeniera en biotecnología Karla Delgado y un proceso de pruebas con la comunidad local, se logró estandarizar una receta que hoy se ofrece en versiones de limón, guayaba y naranja.

Ginebra con identidad nortina

La línea se complementa con “Altiplániko”, una ginebra de producción limitada —menos de 1.000 botellas al mes— que mantiene el carácter artesanal del proyecto.

Su elaboración también se basa en frutas locales y técnicas ancestrales, con el apoyo de investigadores de la Universidad de Tarapacá. El producto aprovecha su experiencia, pues ellos han trabajado durante décadas en el desarrollo agrícola en condiciones extremas.

Una narrativa embotellada

Lo que distingue a estos destilados no es solo su calidad, sino su capacidad de contar una historia. Cada botella es un testimonio del desierto, de sus frutos resilientes, de sus aguas subterráneas milenarias y de una comunidad que ha sabido convertir la adversidad en identidad líquida.

En tiempos donde la autenticidad y el origen son valores cada vez más apreciados, los destilados del desierto chileno se posicionan como una expresión genuina de territorio, memoria y sabor. Una verdadera invitación a beber historia.


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