Por Francisca Rivas, académica de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad de Las Américas
Una de las preguntas más relevantes no es solo qué comemos, sino cómo decidimos qué comer. Nunca habíamos tenido tanto acceso a data sobre alimentación, dietas y estilos de vida. Sin embargo, más información no siempre significa mejores decisiones.
Hoy es común recibir recomendaciones completamente opuestas: eliminar carbohidratos, consumir proteínas, practicar ayuno intermitente o evitar ciertos alimentos sin diagnóstico clínico. El interés por alimentarse mejor es positivo, pero el problema surge cuando la información circula más rápido que la evidencia científica.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de cambios alimentarios asociados a mayor consumo de alimentos de alta densidad energética y con alto contenido de grasas, azúcares libres y sal/sodio, junto con una baja ingesta de frutas, verduras y fibra dietaria. En simple, no basta con informarse: también es necesario aprender a distinguir entre evidencia, tendencia y marketing.
En redes sociales, la nutrición suele presentarse a través de reglas simples y absolutas: “come esto”, “elimina aquello” o “este alimento desintoxica”. Sin embargo, la nutrición humana es una ciencia contextual. Depende de factores como la edad, estado de salud, actividad física, cultura alimentaria, acceso a alimentos y objetivos personales. Por eso, una recomendación útil para alguien puede no ser adecuada para otra persona.
Un ejemplo de esta sobreexposición es el ayuno intermitente, que suele presentarse en redes sociales como una estrategia simple y aplicable a todas las personas. Sin embargo, la evidencia muestra que no es una recomendación universal.
También es importante observar el consumo de alimentos ultraprocesados. La evidencia científica ha asociado una mayor exposición a estos productos con resultados adversos en salud, especialmente cardiometabólicos. Esto no significa demonizar alimentos, sino comprender que, en general, una mayor presencia de alimentos frescos o mínimamente procesados y preparaciones caseras favorece una mejor calidad global de la dieta.
Frente a este escenario, el primer criterio práctico es desconfiar de las promesas absolutas. Si un mensaje asegura que un alimento “cura”, “desintoxica” o “debe eliminarse para siempre”, probablemente estamos frente a una simplificación excesiva.
El segundo criterio es mirar el patrón alimentario completo y no un alimento aislado. Una alimentación saludable se construye con decisiones sostenidas en el tiempo: más frutas, verduras, fibra, agua y preparaciones caseras; y menor consumo habitual de ultraprocesados, azúcares y sodio.
También es útil utilizar el etiquetado nutricional como herramienta de decisión. En Chile, los sellos “Altos en” permiten identificar rápidamente productos con altos niveles de calorías, sodio, azúcares o grasas saturadas.
Suscríbete a nuestro newsletter