La cepa País, durante mucho tiempo relegada a la chicha y a los rincones más humildes del secano, está viviendo un renacer que la devuelve al centro de la conversación vitivinícola chilena. Lo que alguna vez fue considerada una uva de segunda categoría, hoy se transforma en símbolo de autenticidad y resistencia.
Su historia es la de un fruto que acompañó la llegada de los conquistadores, que dio origen a vinos dulces de alta gama en el siglo XIX y que, pese al olvido, sobrevivió gracias a pequeños productores que nunca dejaron de creer en su valor.
Ahora, en un escenario marcado por la búsqueda de identidad y por el impacto del cambio climático, el País emerge como una alternativa fresca, honesta y profundamente ligada al territorio, conquistando tanto a enólogos como a consumidores jóvenes que buscan vinos con relato y raíz.
El renacer desde el secano
Mucho antes de que el Cabernet y el Carmenere dominaran el mercado, el País dio origen al vino asoleado, un dulce generoso que alcanzó categoría de lujo en el siglo XIX. Su elaboración —exponer las uvas al sol para concentrar azúcares y aromas— es parte de una tradición que el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) busca recuperar, generando perfiles químicos y organolépticos que autentifiquen su identidad.
En los viñedos centenarios del Maule, Ñuble y O’Higgins, pequeños productores han mantenido viva esta cepa, cultivada sin riego y con prácticas heredadas. Su resistencia a la sequía y al calor la convierte en una aliada frente al cambio climático. “Los productores siempre vieron su valor intrínseco y la conservaron”, señala la investigadora Marisol Reyes, de INIA.
Diversidad y futuro
La nueva generación de vinos País incluye rosados, reservas, espumantes y versiones desalcoholizadas. Cada uno revela una faceta distinta de su carácter: frutal, rústico, honesto. En ferias y catas, su perfil fresco y su historia cautivan a un público joven que busca vinos con relato y origen.
La revalorización del País no es solo técnica, sino cultural. Representa el rescate de una memoria rural y la reivindicación de los pequeños viñateros que lo preservaron. En tiempos de búsqueda de autenticidad, esta cepa se transforma en símbolo de resistencia y de una nueva forma de entender el vino chileno: menos industrial, más humano, más de raíz.
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