Chile acaba de abrir la puerta al “vino bajo en alcohol”, una nueva categoría que permitirá elaborar y comercializar productos desde 8,5° de graduación. Con dicha medida, el país se alinea con estándares internacionales y respondiendo a consumidores que buscan opciones más ligeras.
Durante décadas, la legislación chilena exigía un mínimo de 11,5° de alcohol para que una bebida fermentada de uva pudiera llamarse vino. El nuevo decreto, firmado por el Presidente José Antonio Kast y el ministro de Agricultura Jaime Campos, baja ese umbral a 8,5°, creando la categoría de “vino bajo alcohol”. La medida busca modernizar la regulación y abrir espacio a un mercado en expansión.
Argumentos del Gobierno
El ministro Campos subrayó que la decisión responde a una necesidad planteada por la industria hace años y que ahora se alinea con la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV). El Estado, dice, debe generar condiciones para que los productores puedan competir en un escenario donde el consumo global de vino ha caído un 25% y los consumidores demandan alternativas más livianas.
El presidente de Vinos de Chile, Alfonso Undurraga, celebra la modificación como una señal de modernización. Explica que las bodegas ya podían exportar vinos de menor graduación a ciertos mercados, pero la nueva norma permite comercializarlos también en Chile. “No podíamos llegar a ese segmento que está creciendo”, afirma.
Innovación y territorios
Algunos enólogos destacan que la norma abre espacio para experimentar en zonas como Rapa Nui y la Patagonia, donde alcanzar los 11,5° era difícil. También toman relevancia cepas como la Alicante Bouschet, relegada por su baja graduación natural. Para ellos, la tendencia responde a consumidores que buscan “alternativas más sanas” en tiempos de culto al bienestar.
Sin embargo, los nutricionistas advierten que un vino de menor graduación no es inocuo, pues indican que cualquier consumo de alcohol implica riesgos. Si bien reconocen que se aporta menos etanol por copa, dicho beneficio desaparece si se compensa bebiendo más.
Un mercado en expansión
Otros actores de la industria señalan que la medida favorecería a grandes empresas capaces de costear procesos de desalcoholización, dejando atrás a pequeños y medianos productores. También dudan de su impacto en el consumo interno, que sigue en descenso según Odepa.
Este cambio se produce en un contexto global: el mercado de vinos sin alcohol, valorizado en US$1.180 millones en 2023, podría llegar a US$7.892 millones en 2032. Chile busca posicionarse en esa tendencia, aunque el debate sobre quién gana y quién queda fuera sigue abierto.
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